domingo, 13 de septiembre de 2015

El turismo de aguas

El gusto por las aguas como espacio de relajación, es una actividad con unas raíces bastante hondas en nuestra cultura europea. Sabemos que las clases altas de las antiguas sociedades griegas y romanas, veían con buenos ojos el placer de las termas, y las propiedades que podían aportar para el cutis o incluso la propia salud.

En nuestro país, será a partir del siglo XVIII cuando esta actividad comienza a tener seguidores, disparándose su influencia durante la centuria siguiente.
           
El nacimiento de una nueva burguesía que desea asemejarse y superar el modo de vida de la nobleza, permitirá que aficiones como ésta, comiencen a ser una demanda, que interesarán a quienes puedan acceder a la misma. Siendo en realidad un espacio desde el que se puede desempeñar una distracción, distintiva y que obviamente no estaba al alcance de todos.

Igualmente los estudios sobre las propiedades del agua comenzaban a incrementarse, tanto es así, que si tan siquiera salir de nuestra localidad, vemos como diferentes autores van tratando las propiedades saludables del agua..., ya incluso con anterioridad, es el caso del médico vinarocense Juan José López. Este tipo de aspectos interesarán notablemente a las clases altas, de ahí que no sea casual que el famoso Duque de Vendôme (y que como bien sabemos falleció en Vinaròs), llegó a interesarse por la presente en las montañas de Benassal. La calidad y demanda de este agua que ya se afirmaba que tenía propiedades curativas, ayudó a que se abriera un camino a mitad para poder comercializarla.

El interés por el turismo y consumo de agua con propiedades minerales será una constante que alcanzará cuotas ascendentes, generando un boom durante el siglo XIX. Este tipo de elementos lo veremos reflejado incluso en la medicina local, como sucede con la saga de los doctores Vizcarro, quienes se dedicarán entre sus muchas vías de investigación,  a las peculiaridades del agua, y los diferentes problemas de salud que comportaba la ingestión de bebidas alcohólicas, o los hábitos saludabes que ayudaban a disfrutar de una mejor calidad de vida.

Como decimos, la preocupación por este tipo de enclaves era una necesidad que se proyectaba en muchas ciudades. En nuestro caso sabemos como el turismo de aguas comienza a ganar sus adeptos en las zonas cercanas a Vinaròs, en una primera etapa, sus destinatarios eran gentes del ámbito nobiliario o bien posicionados, que a medida que fueron esparciéndose entre la nueva burguesía emergente, consiguió que se abrieran mucho más al público.

Balneario Miramar. Vinapedia

A poco más de cuarenta kilómetros de aquí estaba el balneario de Catí (vigente a día de hoy), el cual hasta entrada la primera mitad del siglo XX pertenecía al noble Barón de Casablanca. Del mismo modo, podríamos hablar de otros puntos que existían en el interior de Castellón, como en la zona de Tarragona, que atraían gentes de lugares muy lejanos. Poco a poco, este tipo de turismo fue dejando de ser elitista, y se construyeron diferentes estructuras que permitían una mayor acogida, cuya calidad dependería del precio que pagaba el usuario.

En el caso de Vinaròs será durante los inicios del siglo XX, concretamente en el año 1916, cuando se inauguraron los baños Miramar. En este caso las instalaciones eran asequibles, ya que por unos 20 céntimos de peseta la gente podía bañarse, así como incluso comprar un bono para quienes desearan acudir con mayor asiduidad.



David Gómez de Mora

Los baños en la antigüedad

La preocupación por ofrecer una mejor imagen o aspecto físico, será sin duda una de las consecuencias que fomentarán el disfrute de los baños de sal. Un lujo que antaño sólo estaba al alcance de las clases más pudientes, entre los que se encontraba la nobleza. Sabemos por ejemplo, que ya en el antiguo Egipto, Cleopatra disfrutaba de este ejercicio relajante. De igual modo sucedía en la sociedad helena, donde el acceso a los baños con aceites era propio de aquellas gentes con poder económico.

Las propiedades de baños (como sucedía con los de leche), además de la mencionada Reina de Egipto, también los desempeñaron los patricios romanos. Bien conocido es el gusto por esta afición de la esposa de Nerón. Y ello igual sucedió con aquellos que preferían el uso de sales de roca. Tal era su exclusividad que algunos hablaban de sales de reyes.

Sabemos que a finales del siglo XVIII (y con más fuerza en la centuria siguiente), la nobleza y la burguesía comienzan a tener una predilección por los balnearios. A raíz de ahí, surgirán diferentes lugares que hasta el día de hoy son un  referente en el ocio acuático, bien por características minerales, termales y demás particularidades, que le otorgaran una seña distintiva y de calidad.

En nuestro país los baños de sal marina y de aguas minerales cobrarán interés a finales del siglo XIX y primera mitad del siglo XX. En aquellas fechas todavía seguían siendo una actividad al alcance de muy pocos, pues sólo hemos de recordar que por aquellos tiempos muchas viviendas ni tan siquiera disponían de una simple bañera.

  



David Gómez de Mora